Linda, una niña de 12 años, cae en la nieve con su hermana menor y los zapatos de su madre; entonces un dueño de plantación corre hacia los cinco niños congelados, caminan descalzos por el sendero hacia Miller Canyon y encuentran a la viuda desaparecida aún con vida entre los dos hombres que abandonaron a sus hijos a su suerte, pero muy pronto descubren lo que
La nieve caía en ráfagas densas sobre el bosque de pinos. Linda, de doce años, resbaló en el borde del sendero y cayó de bruces. El frío le quemó las mejillas. Junto a ella, su hermana menor, de solo siete, sollozaba con los labios morados. En las manos de Linda aún apretaba los zapatos de su madre: unos botines negros, demasiado grandes, que había conseguido sacar de la cabaña antes de que los hombres las echaran.
Eran cinco niños en total. Los tres hermanos de la familia Miller y las dos hermanas. Todos descalzos. Todos temblando.
Un grito rompió el viento.
—¡Eh! ¡Niños!
El dueño de la plantación de arces del valle, el señor Hargrove, corría hacia ellos con una linterna temblando en la mano. Su abrigo de lana se agitaba. Al llegar, se arrodilló junto a Linda y le cubrió los hombros con su propia bufanda.
—¿Qué demonios hacéis aquí? —preguntó, sin aliento—. El temporal os va a matar.
Linda levantó la mirada. Los ojos le ardían por el frío y por el miedo.
—Nuestros padres… nos dejaron. Dijeron que volverían. Pero no volvieron.
Hargrove maldijo entre dientes. Miró hacia el sendero que bajaba a Miller Canyon. La nieve ya cubría las huellas.
—Vamos. Ahora mismo. No podemos quedarnos aquí.
Los cinco niños caminaron descalzos detrás de él. Cada paso era un cuchillo. La nieve se les metía entre los dedos. Linda cargaba a su hermana menor a ratos, aunque le pesaba demasiado. El sendero se estrechaba entre rocas y árboles caídos. El viento aullaba como si quisiera empujarlos de vuelta.
Después de casi una hora, llegaron a la entrada del cañón. Allí, entre dos pinos torcidos, vieron las figuras.
Dos hombres. Agachados. Y entre ellos, una mujer.
La viuda desaparecida. La señora Cole, la que llevaba tres semanas perdida después de la tormenta anterior. Seguía con vida. El cabello blanco le caía sobre el abrigo roto. Respiraba en nubes blancas. Pero sus manos estaban atadas con una cuerda gruesa a un tronco.
Los dos hombres se giraron al oír los pasos. Uno de ellos era el padre de los tres hermanos Miller. El otro, el padrastro de Linda.
—¿Qué hacéis aquí? —gritó el padrastro—. ¡Os dijimos que esperaseis en la cabaña!
Hargrove dio un paso adelante, protegiendo a los niños con el cuerpo.
—Estaban congelándose. ¿Qué le estáis haciendo a esta mujer?
El padre de los Miller soltó una risa corta y fea.
—Nada que os importe. Ella sabe dónde está el dinero de la mina. El que escondió su marido antes de morir. Nos lo va a decir. O se queda aquí hasta que la nieve la cubra del todo.
La viuda levantó la cabeza. Los ojos le brillaban con una mezcla de agotamiento y furia.
—No os diré nada —susurró—. Preferiría morir.
Linda sintió que algo se le rompía por dentro. Su hermana menor se aferraba a su falda. Los otros tres niños miraban a su padre con una mezcla de miedo y traición.
Fue entonces cuando lo descubrieron.
Detrás de los dos hombres, medio enterrado en la nieve, había un tercer cuerpo. No se movía. Llevaba el abrigo de la madre de Linda. El mismo que ella había visto por última vez la noche en que la echaron de la casa.
Linda soltó un grito ahogado. Los zapatos de su madre se le cayeron de las manos y se hundieron en la nieve.
Hargrove entendió al mismo tiempo. Sacó el rifle corto que siempre llevaba en la funda del cinturón.
—Apartaos de ella. Ahora.
El padrastro de Linda sacó un cuchillo. El padre de los Miller levantó una pistola oxidada.
—No os mováis —ordenó—. Los niños se quedan. La vieja habla. O los dejamos a todos aquí.
La nieve caía más fuerte. El viento silbaba entre las rocas del cañón. Linda miró a su hermana, luego a los zapatos negros que ya casi desaparecían bajo la nieve blanca. Algo dentro de ella se endureció.
Sin que nadie la viera, se agachó y recogió una piedra afilada del suelo. La escondió en el bolsillo de su abrigo roto.
Hargrove no bajó el rifle.
—Hay cinco niños aquí. Si disparáis, yo disparo también. Y yo no fallo.
El padrastro miró a Linda. Sonrió con los dientes amarillos.
—Linda. Ven aquí. Trae a tu hermana. Os voy a proteger yo.
Linda no se movió. En cambio, dio un paso hacia la viuda.
—Señora Cole… ¿está viva mi madre?
La viuda negó con la cabeza, despacio. Una lágrima se le congeló en la mejilla.
—Lo siento, niña. Intentó defenderme. Ellos…
No terminó la frase. El padre de los Miller levantó la pistola hacia Hargrove.
El disparo resonó en el cañón como un trueno.
Hargrove se tiró al suelo, arrastrando a los dos niños más cercanos. La bala impactó en el tronco detrás de él. Linda aprovechó el caos. Corrió hacia la viuda, cortó la cuerda con la piedra afilada y la ayudó a ponerse en pie. La mujer apenas podía sostenerse, pero sus ojos seguían claros.
—El dinero —susurró a Linda—. Está bajo la roca del águila. Dile a Hargrove. No a ellos.
Los dos hombres se lanzaron hacia ellas. El padrastro agarró a Linda por el brazo. Ella giró y le clavó la piedra en la mano. Él aulló y la soltó. En ese segundo, Hargrove se levantó y disparó. El padre de los Miller cayó de rodillas, agarrándose el hombro.
La viuda se apoyó en Linda. Los cinco niños se agruparon detrás de Hargrove. El viento aullaba más fuerte. La nieve ya les llegaba a los tobillos.
—Vámonos —ordenó Hargrove—. Ahora. Antes de que la tormenta nos cierre el paso.
Caminaron de vuelta por el sendero, más rápido esta vez. Linda cargaba a su hermana. La viuda cojeaba apoyada en Hargrove. Detrás, los gritos de los dos hombres se perdían en el viento.
Cuando por fin llegaron al borde del bosque, las luces de la plantación brillaban a lo lejos. Linda miró una última vez hacia Miller Canyon. La nieve ya cubría todo. Los zapatos de su madre habían desaparecido bajo el blanco.
Apretó la mano de su hermana.
—Ya está —susurró—. Ya no pueden hacernos más daño.
Pero en el fondo sabía que la noche aún no había terminado. Y que lo que habían descubierto en el cañón cambiaría todo para siempre.