La Caseta de Cobro Que Solo Aparece Después de las...

La Caseta de Cobro Que Solo Aparece Después de las 3:00

Capítulo 1: Las 3:07 de la Madrugada

El golpe la tumba contra el pavimento mojado. El agua de lluvia se filtra por mi uniforme y el frío me atraviesa los huesos mientras levanto la cara del asfalto. Arriba, las luces de la ambulancia parpadean como un ojo enfermo.

Y ahí está.

Sentada en mi asiento. Con mi cara. Con mi pelo mojado. Con mis manos todavía sosteniendo el volante imaginario que yo tenía hace dos segundos.

—No la dejes subir —dice la otra Elena, y su voz suena exactamente como la mía, pero más calmada, como si estuviera contando un chiste malo—. Ella lleva muerta cinco años.

Mateo me mira desde el asiento del conductor. Sus ojos están abiertos, pero no me ven a mí. Me mira a mí, la que está en el suelo, pero sus ojos buscan a la otra. La que sonríe.

—Elena —dice, y su voz tiembla—. ¿Qué…

—Soy yo, Mateo —grito desde afuera, golpeando la puerta—. ¡Esa no soy yo!

La otra Elena se inclina hacia él y le susurra algo. No escucho qué. Pero Mateo asiente. Como si hubiera esperado ese mensaje toda su vida.

Las luces de la autopista se apagan una por una. Primero las de atrás, luego las de adelante. El desierto se traga la carretera y la ambulancia queda flotando en la oscuridad como una nave abandonada.

El motor sigue encendido. El aire acondicionado echa un vaho blanco que se enreda con la lluvia.

—Mateo —digo, apoyando las manos en el capó—. Somos nosotros. Tú y yo. La entrega del órgano. La hielera. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas de la caseta?

Él parpadea.

La otra Elena pone una mano sobre su brazo.

—No escuches —dice—. Las copias siempre mienten.

Yo nunca le he puesto la mano así a Mateo. No desde que terminamos. No desde que él dijo que mi hermano era un cobarde.

—Ella no sabe lo que pasó con tu hermano —dice la otra Elena—. Yo sí.

Y entonces dice algo que solo yo sé. Algo que le conté a Mateo una noche borracha, en su cocina, después de que mi hermano desapareciera. Dice el nombre de la calle donde crecimos. Dice el color de la puerta. Dice la cicatriz en mi rodilla izquierda, la que me hice cayendo de una bicicleta que mi hermano me robó.

Mateo me mira otra vez.

—¿Cómo sabe eso? —pregunta.

—Porque es mi recuerdo —digo—. Porque yo se lo conté.

—No —dice la otra Elena, bajando la ventanilla—. Tú se lo contaste a mí. Cuando éramos niñas. Y yo te lo conté a él.

Ya no sé qué es real. La lluvia golpea mi cara y siento el agua fría, pero también siento el calor del motor, el olor a diésel y asfalto. Estoy viva. Tengo que estar viva.

El teléfono suena dentro de la ambulancia. El de Mateo.

Él lo mira. Lo contesta.

—¿Sí? —dice.

Escucho la voz del otro lado. No distingo las palabras. Pero veo cómo cambia su cara. Como si alguien le estuviera contando el final de una película que no ha visto.

—Tengo que llevarla —dice Mateo, y ya no me mira a mí, ni a la otra Elena. Mira al frente, a la carretera vacía—. Tengo que entregar el corazón.

—No hay corazón —digo—. Abre la hielera. No hay nada.

La otra Elena ríe. Una risa bajita, como si hubiera escuchado el peor chiste del mundo.

—Claro que hay corazón —dice—. Pero no es para el paciente de Monterrey.

Mateo arranca la ambulancia. El motor ruge y el agua salpica mis piernas.

—¡Mateo!

Él me mira por el retrovisor. Por un segundo, veo al hombre que conocí. El que se reía en los bares. El que olvidaba su cumpleaños. El que me prometió que encontraría a mi hermano.

—Lo siento —dice—. Ella llegó primero.

La ambulancia avanza. Yo corro detrás. Mis botas resbalan en el pavimento mojado y el desierto a los lados se vuelve borroso. Las luces traseras se alejan, rojas y parpadeantes.

Y entonces, delante de mí, aparece la caseta.

No estaba hace un segundo. Pero ahí está, iluminada, con un empleado sentado detrás del cristal, viéndome llegar.

La ambulancia frena.

El empleado no se mueve. Solo levanta un dedo y señala el retrovisor.

Yo miro.

El hermano de Elena está sentado en la parte trasera de la ambulancia, junto a la hielera. Tiene el uniforme que llevaba la noche que desapareció. La misma chaqueta azul. El mismo corte de pelo.

Y sonríe.

—Sube —dice Mateo desde la ventanilla—. Pero tienes que decidir ahora.

La otra Elena está en el asiento del copiloto, viéndome a través del vidrio.

—Ella no va a subir —dice—. Porque si sube, va a recordar cómo murió.

El empleado de la caseta desliza un recibo amarillento bajo el cristal.

—¿Cuántos van dentro? —pregunta.

Mateo responde:

—Dos.

Yo miro por el retrovisor.

En la parte trasera hay una silueta sentada junto a la hielera.

Cuando vuelvo a mirar, el asiento está vacío.

El recibo tiene cuatro reglas escritas a mano.

La última dice: “Si creen que siguen siendo dos, no respondan cuando pregunten cuántos son.”

## Capítulo 2: Noventa Minutos Antes

El derrumbe bloqueó la carretera principal. El sistema de navegación nos dio una ruta alternativa que yo reconocí antes de que Mateo dijera nada.

—No —dije—. No vamos por ahí.

—No tenemos opción —respondió él, sin mirarme—. El corazón solo aguanta cuatro horas.

La hielera estaba en la parte trasera de la ambulancia, sellada con un candado que parecía de juguete. El órgano venía de una clínica rural. El paciente esperaba en Monterrey. Entre el derrumbe y el tráfico, la carretera secundaria era la única salida.

—Esa carretera —dije, señalando la pantalla—. Es donde desapareció mi hermano.

—Eso fue hace cinco años, Elena.

—Cinco años y todavía no sé qué pasó.

Mateo suspiró. Esa era su forma de decir que no quería hablar del tema. Su forma de decir que no le importaba. Su forma de decir que seguía pensando que mi hermano había abandonado el trabajo y la vida porque era un cobarde.

—No tenemos tiempo para esto —dijo, acelerando.

La ambulancia se internó en la carretera secundaria. A los lados, el desierto se extendía sin fin. Postes eléctricos y cerros oscuros. La siguiente gasolinera estaba a más de ochenta kilómetros.

—¿Por qué no te detienes? —pregunté—. Podemos esperar a que despejen la principal.

—El paciente no espera.

—El paciente no sabe que estamos jugando a la lotería con su vida.

Mateo me miró. Por un segundo, vi algo en sus ojos. Algo que no había visto desde que terminamos. Miedo.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada —dijo—. Solo que tú tampoco te detienes.

No entendí lo que quiso decir. Pero no pregunté más. No quería pelear. No quería hablar de mi hermano. No quería estar en esa carretera.

Perdimos la señal dos minutos después.

El teléfono de Mateo se quedó sin barras. El mío también. El GPS comenzó a mostrar una ubicación que no coincidía con el mapa.

—Esto no es posible —dijo él, golpeando la pantalla—. Llevamos veinte minutos conduciendo y todavía no llegamos a la curva del kilómetro 25.

Yo miré por la ventana. El paisaje se repetía. Los mismos postes eléctricos. Los mismos cerros. El mismo anuncio oxidado de una gasolinera que ya no existía.

—Pasamos ese anuncio antes —dije.

—No, Elena.

—Tres veces, Mateo. Lo he visto tres veces.

Él frenó. La ambulancia se detuvo en medio de la carretera. El silencio era tan denso que podía escuchar mi propia sangre.

—¿Tres veces? —preguntó—. Yo solo lo he visto una.

—Estás mintiendo.

—No estoy mintiendo.

—Entonces estamos perdidos.

El teléfono de la ambulancia sonó. Era el hospital de Monterrey.

Mateo contestó. Escuchó. Asintió.

—Sí —dijo—. Sí, estamos en camino. Sí, la ruta alternativa. No, no hemos tenido problemas.

Colgó.

—¿Qué dijeron? —pregunté.

—Que el paciente entró al quirófano hace diez minutos. Que necesitan el corazón en menos de dos horas.

—No llegamos.

—Vamos a llegar.

—¿Cómo sabes?

Él no respondió. Solo arrancó el motor y continuó conduciendo.

Fue entonces cuando vimos la caseta.

No estaba en el mapa. No estaba en ningún registro. Era una caseta de cobro en medio del desierto, iluminada como si esperara visitantes desde hacía décadas.

No había otros vehículos. Solo una cabina y un empleado inmóvil detrás del cristal.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—No sé —dijo Mateo, pero su voz sonaba extraña. Como si supiera algo que no quería decir.

Se detuvo frente a la caseta. El empleado no pidió dinero. No dijo nada. Solo deslizó el recibo amarillento bajo el cristal.

—¿Cuántos van dentro? —preguntó.

Mateo dijo que dos. Yo miré por el retrovisor.

Y vi a alguien.

Una silueta. Sentada junto a la hielera.

Cuando volví a mirar, el asiento estaba vacío.

El recibo tenía cuatro reglas escritas.

Y en la parte inferior, una frase con la letra de mi hermano:

“Elena, esta vez no confíes en el que conduce.”

—Mateo —dije, mostrándole el papel—. Esto es de mi hermano.

Él lo miró. Arrugó el recibo. Lo lanzó por la ventanilla.

—Supersticiones —dijo—. Estás perdiendo el tiempo.

—Eso no es superstición. Eso es su letra.

—Tu hermano desapareció hace cinco años, Elena. No puede haber escrito esto.

—¿Y si no desapareció? ¿Y si alguien lo está usando?

Mateo no respondió. Solo continuó conduciendo.

Detrás de nosotros, la caseta se apagó.

Y entonces escuchamos tres golpes desde la parte trasera.

Yo me giré. La puerta divisoria estaba cerrada. La hielera seguía sellada. No había nadie.

—¿Qué fue eso? —preguntó Mateo.

—No sé.

—Ve a revisar.

—No voy a revisar.

—Elena, si la hielera se ha soltado…

—La hielera está sellada. Eso no fue la hielera.

Otro golpe. Más fuerte.

—¡Abre la puerta! —gritó una voz desde la parte trasera.

Era la voz de mi hermano.

Mateo pisó el freno. La ambulancia patinó y se detuvo de lado.

—¿Qué…? —balbuceó.

—No abras —dije—. No abras la puerta.

—Esa es tu hermano.

—Mi hermano está muerto.

—No sabes eso.

—¡Sé que no puede estar ahí!

El tercer golpe sacudió la ambulancia. La puerta trasera se abrió sola.

No había nadie.

Solo la hielera. Sellada. Con las marcas de unas manos pequeñas alrededor.

—Tienes que atarme —dijo Mateo de repente.

—¿Qué?

—La tercera regla. La de las reglas. Dijo que si uno de nosotros comienza a recordar algo que el otro nunca vivió, tenemos que atarlo.

—No has recordado nada.

—Ahora sí.

Y entonces empezó a hablar de unas vacaciones infantiles conmigo.

Describió la casa de mi abuela. El color del patio. Una cicatriz en mi rodilla izquierda.

El problema es que Mateo y yo nos conocimos cuando ambos teníamos veintisiete años.

Yo lo conocí en la estación de bomberos.

No tenía cicatriz en la rodilla cuando me conoció.

No había patio de abuela.

—No sabes nada de mi infancia —dije.

—Claro que sé —dijo, y su voz era la de Mateo, pero también era otra—. Porque estuve allí.

## Capítulo 3: El Primer Enfrentamiento

El volante se movía entre nosotros como un animal atrapado. Yo quería detener la ambulancia. Él quería seguir conduciendo. Mis manos luchaban contra las suyas y la carretera se convertía en una línea borrosa de luz y agua.

—¡Para! —grité—. ¡Llegamos al kilómetro 39!

—¡No voy a parar!

—¡Las reglas!

—¡Las reglas son mentira!

El golpe me llegó al costado. Su codo contra mis costillas. El dolor subió por mi espalda y mis manos se soltaron del volante.

La ambulancia dio un viraje. Las ruedas traseras perdieron agarre. El vehículo giró sobre sí mismo mientras el desierto se volvía un remolino de arena y lluvia.

El impacto contra la barrera fue sordo.

Mi cuerpo se estrelló contra la puerta. La ventanilla se rompió en mil pedazos y el vidrio cayó sobre mi uniforme como cristales de hielo.

Cuando abrí los ojos, estábamos atravesados en la carretera. El motor tosía humo. El parabrisas tenía una grieta en forma de araña.

—¿Qué hiciste? —preguntó Mateo.

—Yo no hice nada —dije, escupiendo sangre—. Tú intentaste matarme.

—No intenté matarte.

—Me empujaste contra la puerta.

Él se pasó la mano por la cara. Tenía un corte en la frente. La sangre le corría por la mejilla y caía sobre su uniforme.

—No recuerdo —dijo—. No recuerdo haberte empujado.

—Porque no eras tú.

El silencio se hizo más denso que el humo. La ambulancia estaba atravesada. La puerta trasera se abrió con un chirrido.

No había nadie dentro.

La hielera seguía en su sitio, sellada. Pero estaba mojada. Y cubierta de huellas pequeñas. Como si alguien hubiera estado abrazándola mientras chocábamos.

—¿Viste eso? —pregunté.

—No quiero verlo —dijo Mateo.

—Tenemos que abrir la hielera.

—No.

—Mateo, el corazón…

—No hay corazón, Elena. Lo sabes.

—¿Cómo sabes eso?

Él me miró. Sus ojos estaban cansados. Rojos. Como si no hubiera dormido en semanas.

—Porque lo vi —dijo—. La noche en que transporté esto por primera vez. Hace cinco años. No había ningún paciente. No había camilla. Solo una hielera idéntica a esta.

—Nunca me contaste eso.

—Nunca te conté muchas cosas.

Antes de que pudiera preguntar más, apareció otra ambulancia detrás de nosotros.

Tenía la misma matrícula.

La misma pintura desgastada.

El mismo número en la puerta.

En su interior, dos figuras idénticas a nosotros golpeaban el parabrisas con los puños.

—¡Abran! —gritaba el otro Mateo—. ¡Tienen que abrir!

—¡Somos reales! —gritaba la otra Elena—. ¡Ellos son las copias!

Mateo arrancó el motor. La ambulancia dio una sacudida y se puso en marcha.

—¿Qué haces? —pregunté.

—No voy a dejar que nos adelanten.

—¿No ves que son iguales a nosotros?

—Por eso mismo.

Aceleró. La carretera se estiraba frente a nosotros como una cinta de correr infinita. La segunda ambulancia nos seguía.

—La cuarta regla —dije—. “En el kilómetro 44 aparecerá una segunda ambulancia. No permitan que los adelante.”

—Ya lo sé.

—¿Y si no son copias?

—¿Entonces qué son?

—No lo sé.

La ambulancia duplicada intentó adelantarnos por la izquierda. Mateo bloqueó el paso. Los vehículos chocaron lateralmente y el metal chilló como un animal herido.

—¡No los dejes pasar! —grité.

—¡No voy a dejarlos!

El otro Mateo estaba conduciendo con una mano. Con la otra, señalaba algo en su parabrisas.

Un recibo amarillento.

—¡Mira! —dijo—. ¡Mira la sexta regla!

No entendí lo que quiso decir. Pero cuando miré el nuestro, el recibo había cambiado.

Ahora tenía una quinta regla.

Y una sexta.

Y una séptima.

La séptima decía: “La copia siempre creerá que llegó primero.”

—Elena —dijo Mateo, y su voz era diferente—. ¿Tú crees que eres la original?

—Claro que soy la original.

—Entonces ¿por qué no recuerdas la pelea?

—¿Qué pelea?

—La pelea que tuvimos en la caseta.

Yo no recordaba ninguna pelea en la caseta. Solo recordaba el recibo. Las reglas. La voz de mi hermano.

—No hubo pelea —dije.

—Claro que hubo. Tú intentaste arrojarme de la ambulancia.

—Eso no pasó.

—Pasó, Elena. Y ganaste.

La segunda ambulancia nos adelantó por la derecha. El otro Mateo nos miró a través de la ventanilla.

Sonrió.

Y entonces vi que en su ambulancia no había dos figuras.

Había tres.

Una de ellas era mi hermano.

—Detente —dije.

—No.

—¡Detente!

Mateo pisó el freno. La ambulancia se detuvo en medio de la carretera.

La otra ambulancia también se detuvo.

En su interior, las figuras imitaban nuestros movimientos con cinco segundos de retraso.

—No intentan copiarnos —dije, comprendiendo—. Están ensayando cómo reemplazarnos.

—¿Qué hacemos?

—No sé.

—Elena, ¿qué hacemos?

La puerta trasera de nuestra ambulancia se abrió sola.

Mi hermano estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, el uniforme manchado de barro y sangre.

—Hola, Elena —dijo—. ¿Ya recordaste?

—¿Recordar qué?

—Cómo moriste.

## Capítulo 4: La Verdad Sobre Mi Hermano

—No morí —dije, pero mi voz tembló.

Mi hermano sonrió. Tenía la misma sonrisa de siempre. La misma forma de inclinar la cabeza. El mismo tic en el ojo izquierdo.

—Claro que moriste —dijo—. Esa noche, cuando me llevaste al hospital. Te subiste a la ambulancia conmigo. No recuerdas el accidente?

—No hubo accidente.

—Sí lo hubo. La ambulancia volcó. Tú saliste por el parabrisas.

—Eso no pasó.

—Pasó, Elena. Y estás muerta desde entonces.

Mateo me agarró el brazo. Sus dedos apretaban con fuerza.

—No escuches —dijo—. No es real.

—¿Cómo sabes que no es real? —pregunté.

—Porque yo estaba allí.

El silencio se alargó como una cuerda tensa. La lluvia golpeaba el techo de la ambulancia. Mi hermano seguía sentado en el suelo, mirándome.

—Mateo —dije—. ¿Qué hacías allí?

Él bajó la cabeza.

—Conducía —dijo—. Conducía la ambulancia esa noche. Tú me pediste que te llevara al hospital para ver a tu hermano. Ibas a visitarlo.

—Yo no te conocía entonces.

—Sí me conocías. Te conocía desde la universidad. Pero no recuerdas.

—¿Por qué no recuerdo?

—Porque no eras tú —dijo mi hermano—. La Elena que está en esta ambulancia es la que murió en el accidente. La que está afuera, la que ha estado afuera todo este tiempo, es la que vive.

Miré por la ventana.

La otra Elena estaba de pie en medio de la carretera, con la lluvia cayendo sobre ella, golpeando la ventana de la ambulancia.

—¡Mateo! —gritaba—. ¡No le creas! ¡No le creas a él!

Mi hermano se puso de pie. Caminó hacia la puerta divisoria y la abrió.

—La hielera —dijo—. Abre la hielera.

Mateo me miró. Yo asentí.

Él abrió la hielera.

Dentro había un teléfono antiguo. Reproduciendo un video en directo.

La imagen mostraba la cabina de la ambulancia desde atrás.

En la pantalla, Mateo seguía esposado a la camilla. Yo sostenía el teléfono.

Pero también aparecía una tercera persona entre nosotros.

Mi hermano.

Con el uniforme que llevaba la noche de su desaparición.

En el video, él levantó un dedo y señaló lentamente hacia Mateo.

Mateo giró la cabeza.

Detrás de él no había nadie.

Cuando volvió a mirarme, yo ya no estaba dentro de la ambulancia.

Estaba afuera. Golpeando la ventana.

Y otra Elena ocupaba mi asiento.

—Mateo —grité desde afuera—. ¡Soy yo! ¡Esa no soy yo!

La otra Elena me miró a través del vidrio y sonrió.

—No la dejes subir —dijo—. Ella lleva muerta cinco años.

Y entonces Mateo me empujó. Me arrojó fuera de la ambulancia.

El golpe fue real. El pavimento mojado. El frío.

Pero cuando levanté la cabeza, la ambulancia ya no estaba.

Solo quedaba la caseta.

El empleado me miraba desde su cabina.

—¿Cuántos van dentro? —preguntó.

—Dos —dije, sin saber por qué.

—Miente —dijo una voz detrás de mí.

Era mi hermano. Estaba de pie a mi lado, con las manos en los bolsillos.

—Dos van dentro —dijo—. Pero ella no es una de ellos.

—¿Qué quieres decir?

—La Elena que está dentro, la que está con Mateo, es la que murió en el accidente. Tú eres la que sobrevivió. Pero no puedes volver a entrar.

—¿Por qué?

—Porque ya estás aquí.

Miré hacia la caseta. En el cristal, vi mi reflejo.

Estaba levantando tres dedos.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

—Significa que ya no cuentas —dijo mi hermano—. Significa que llegaste a la última caseta, pero no pagaste por el viaje.

El teléfono en mi bolsillo comenzó a sonar.

Contesté.

—¿Elena? —era Mateo—. ¿Dónde estás?

—En la caseta —dije—. ¿Dónde estás tú?

—En la ambulancia. Con la otra Elena.

—¿Cuál otra Elena?

—La que está muerta.

La llamada se cortó.

Cuando levanté la vista, la caseta ya no estaba.

Solo la carretera vacía. El desierto. La lluvia.

Y una ambulancia que se alejaba hacia el horizonte.

Dentro, dos figuras.

Una era Mateo.

La otra era yo.

—No —susurré—. No puede ser.

Pero mi hermano me tomó de la mano.

—Vamos —dijo—. Tenemos que esperar.

—¿Esperar qué?

—La próxima vez.

—¿Próxima vez?

—Siempre hay una próxima vez, Elena. La carretera se repite. La caseta se repite. Nosotros nos repetimos.

—¿Quién eres? —pregunté.

Él sonrió.

—Soy tu hermano —dijo—. El que desapareció. El que encontró la salida.

—¿Cómo saliste?

—Pagando.

—¿Pagando con qué?

Él levantó la mano.

Tenía tres dedos levantados.

—Con esto —dijo—. Siempre se paga con esto.


## Capítulo 5: El Amanecer y el Recibo Final

Al amanecer llegamos al hospital.

Mateo no dijo nada durante todo el trayecto. La otra Elena tampoco. Yo, la que iba en el asiento del copiloto, la que había sobrevivido a la pelea, la que había visto a su hermano en el video, no sabía si era yo o si era la otra.

El médico abrió la hielera.

Dentro había un corazón.

Viable.

El trasplante se realizó con éxito.

Mateo se desplomó en una silla del pasillo. La otra Elena estaba a su lado. Yo también.

Tres personas en un pasillo de hospital.

Dos Elenas.

—No recuerdo nada —dijo la otra Elena—. Me quedé dormida en el viaje.

—¿No recuerdas la caseta? —preguntó Mateo.

—No. Solo recuerdo que nos desviamos. Que perdimos la señal. Y luego llegamos al hospital.

Mateo me miró.

—¿Tú recuerdas? —preguntó.

—Todo —dije—. Recuerdo las reglas. La pelea. La segunda ambulancia. Mi hermano.

—Tu hermano no estaba.

—Sí estaba. En el video.

—No hubo video, Elena.

—Sí hubo.

Él negó con la cabeza.

—No hubo nada —dijo—. Solo la hielera. Y un viaje largo. Nada más.

Yo quería discutir. Quería mostrarle el recibo amarillento que había guardado en mi bolsillo.

Pero cuando lo busqué, no estaba.

Solo un trozo de papel en blanco.

—¿Ves? —dijo la otra Elena—. No hay nada.

—No puede ser —dije—. Yo lo vi.

—Cansancio —dijo Mateo—. El cansancio te hizo ver cosas.

Tres días después, volví al hospital.

Mateo me dijo que no hacía falta. Que el paciente estaba bien. Que el trasplante había sido un éxito.

Pero yo quería verlo. Quería ver al hombre que recibió el corazón de mi hermano.

La cama estaba vacía.

Sobre la almohada, un recibo amarillento.

“Llegaron tres. Solo pagaron por dos.”

—No —dije—. No puede ser.

Escuché pasos detrás de mí.

Me giré.

Mi hermano estaba de pie junto a la puerta. Con el uniforme de paramédico. Exactamente igual que la noche de su desaparición.

—¿Dónde dejaste a mi hermana? —preguntó.

—Soy yo —dije—. Soy tu hermana.

—No —dijo, negando con la cabeza—. Mi hermana murió hace cinco años.

—No, estoy aquí. Soy yo.

Él sonrió.

—Mi hermana tenía una cicatriz en la rodilla —dijo—. Y un tic en el ojo izquierdo. Y una forma de reír que la delataba.

—Eso lo sé.

—Entonces dime —dijo—. ¿Cómo te llamabas antes de casarte?

—No estoy casada.

—¿Ves? —dijo, y su sonrisa se volvió triste—. No eres tú.

Salí del hospital corriendo. Llamé a Mateo.

Él contestó al segundo timbrazo.

—Mateo —dije—. No regreses a casa. Hay un hombre en mi cocina que se parece a ti.

—¿Qué?

—Un hombre. En mi cocina. Se parece a ti.

—Elena, estoy en mi casa.

—No, Mateo. No estás en tu casa. Estás en la mía.

—Elena, tranquila. Voy a llamar a la policía.

—No llames a nadie. Solo no regreses.

Colgué.

Caminé hacia la cocina.

Un hombre estaba sentado en la mesa. Se parecía a Mateo. Tenía sus mismas manos. Sus mismos ojos.

Pero no era él.

—Hola —dijo—. ¿Ya recordaste?

—¿Recordar qué?

—Cómo moriste.

Me giré hacia la ventana.

Mi reflejo no estaba sosteniendo un teléfono.

Estaba levantando tres dedos.

Y sonriendo.

—Bienvenida —dijo mi reflejo—. Bienvenida a la caseta.

Y entonces entendí.

No existían dos Elenas.

No existían dos Mateos.

Solo existían dos carreteras.

Y yo había estado en ambas.

Pero ahora solo podía estar en una.

La otra ya no existía.

—No —dije—. No puede ser.

Mi reflejo me señaló la puerta.

—Sal —dijo—. Sal y camina por la carretera. La caseta te espera.

—No quiero ir.

—No importa. Siempre vuelves.

El teléfono sonó otra vez.

Era Mateo.

—Elena —dijo, y su voz sonaba distante—. Hay dos personas en mi cocina.

—¿Quiénes?

—Tú y yo.

—¿Qué?

—Sí. Tú y yo. Sentados en mi mesa.

—Mateo, no estoy en tu casa.

—Sí estás. Lo sé porque estoy mirándote.

Colgué.

El hombre en mi cocina se puso de pie.

—Ya ves —dijo—. No hay salida.

—¿Y el recibo? —pregunté—. ¿El recibo de la caseta?

—El recibo siempre miente —dijo—. Pero también siempre dice la verdad.

—¿Cómo puede ser ambas?

—Porque tú eres ambas.

Y entonces lo vi.

El recibo en mi bolsillo.

Ya no estaba en blanco.

Tenía una frase escrita con la letra de mi hermano:

“Elena, cuando leas esto, ya no estarás aquí. Pero no temas. La carretera siempre te esperará.”

Caminé hacia la puerta.

El desierto se extendía frente a mí. La carretera vacía. Los postes eléctricos. Los cerros oscuros.

Y al final, la caseta.

Iluminada.

Esperándome.

—Adiós —dijo el hombre que se parecía a Mateo.

—Adiós —dije.

Y empecé a caminar.

**FIN**

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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