Mi sobrina cambió los muebles de su casa de muñecas—y esa noche desapareció una habitación de nuestra casa
Capítulo 1. La habitación que nunca existió
Mi sobrina arrancó a la muñeca que me representaba y dijo:
—Tía, no te preocupes. Cuando quite tu cuarto, nadie recordará que alguna vez viviste aquí.
Me reí.
Fue una reacción automática, la clase de risa que uno usa cuando un niño dice algo demasiado extraño y no sabe qué contestar.
—Entonces será mejor que lo dejes donde estaba.
Irene me miró con sus enormes ojos oscuros.
Tenía siete años, el pelo de su madre y esa forma inquietante de quedarse completamente quieta cuando los adultos esperaban que sonriera.
—La abuela decía que nunca había que mover los cuartos después de la una.
Miré el reloj del salón.
1:09.
Dos minutos después, Irene retiró del lateral de la casa de muñecas una pequeña habitación azul.
A la mañana siguiente, mi dormitorio de infancia era una pared.
Una pared de ladrillo y yeso.
Lisa.
Sólida.
Como si allí jamás hubiera existido una puerta.
Me quedé inmóvil en el pasillo de la segunda planta de la casa de mi abuela Inés, con una taza de café todavía caliente entre las manos.
—Álvaro.
Mi hermano apareció al pie de la escalera.
—¿Qué?
Señalé la pared.
—¿Dónde está mi habitación?
Álvaro frunció el ceño.
—¿Qué habitación?
Pensé que estaba bromeando.
—La mía.
—Clara, tú nunca has tenido habitación aquí.
Sentí que el café se me derramaba sobre los dedos.
—Viví aquí hasta los diecinueve años.
—No.
Lo dijo sin vacilar.
Subió los últimos escalones y tocó la pared.
—Esto siempre ha estado así.
—Había una puerta.
—No.
—Enfrente estaba la habitación de mamá. Al lado, la de…
Me detuve.
Una palabra desapareció de mi cabeza antes de poder pronunciarla.
No un nombre.
Algo peor.
La certeza de que había alguien cuyo nombre debía recordar.
Me apoyé en la pared.
—¿Estás bien? —preguntó Álvaro.

Del dormitorio del fondo salió Irene con una muñeca apretada contra el pecho.
Mi muñeca.
La pequeña figura llevaba un vestido amarillo demasiado grande para ella.
Un vestido que reconocí.
Había pertenecido a mi hermana.
A la madre de Irene.
Marta.
El nombre regresó de golpe.
—Marta —dije.
Álvaro me miró.
—¿Quién?
El pasillo pareció estrecharse.
—Nuestra hermana.
—Clara, solo somos tú y yo.
Irene apretó más fuerte la muñeca.
—Tía —susurró—. No la sueltes.
Aquel día debíamos repartir la herencia.
Por eso habíamos vuelto a la vieja casa familiar de Valencia después de enterrar a la abuela Inés.
Yo llevaba quince años viviendo lejos. Álvaro se había quedado en la ciudad. Marta había desaparecido seis años atrás, dejando a Irene al cuidado de nuestra abuela.
Eso era lo que yo recordaba.
Álvaro, en cambio, juraba que Irene era hija de una prima fallecida.
—La abuela la crió porque no tenía a nadie —dijo.
—Su madre era Marta.
—No conozco a ninguna Marta.
Busqué fotografías.
En el salón había una imagen tomada durante un verano de nuestra infancia.
Álvaro estaba a la izquierda.
Yo, a la derecha.
Entre ambos había un espacio absurdo.
Demasiado grande.
Como si una tercera persona hubiera estado allí y alguien la hubiera recortado sin movernos.
Lo mismo ocurría en otras fotos.
Navidades.
Cumpleaños.
La playa de la Malvarrosa.
Siempre había un hueco.
A las once llegó el notario con el testamento.
—La señora Inés estableció cuatro partes iguales —explicó.
Álvaro levantó la vista.
—Eso no puede ser.
—Aquí lo dice.
—¿Cuatro para quién?
El notario consultó el documento.
—Una para Álvaro. Una para Clara. Una administrada en fideicomiso para Irene hasta su mayoría de edad.
—Eso son tres.
—La cuarta parte no tiene beneficiario escrito.
—¿Cómo que no?
—Solo hay una frase: “Para quien regrese cuando vuelva su habitación”.
Me recorrió un escalofrío.
Álvaro soltó una risa seca.
—Mi abuela estaba muy enferma.
Irene negó con la cabeza.
—No estaba enferma.
Todos la miramos.
La niña estaba sentada en el suelo junto a la casa de muñecas.
Era una reproducción exacta de la villa.
Las mismas ventanas arqueadas.
Las mismas baldosas verdes del vestíbulo.
Incluso tenía una pequeña grieta sobre la chimenea idéntica a la que recorría la pared del salón.
—La abuela viene por las noches —dijo Irene.
Álvaro resopló.
—Irene…
—Vino anoche.
—La abuela está muerta.
—Ya lo sabe.
Silencio.
Me acerqué a la maqueta.
En el segundo piso faltaba mi habitación.
La pared exterior de la casa en miniatura se había cerrado como si aquella pieza nunca hubiera formado parte de ella.
Entonces vi algo todavía más extraño.
Por encima del tejado había una habitación diminuta.
Un ático.
En la casa real no existía ningún ático.
O al menos yo no recordaba que existiera.
Dentro había tres muñecas.
Una era Álvaro.
Otra era yo.
La tercera representaba a una niña que no reconocí.
Al intentar cogerla, descubrí que estaba pegada al suelo.
—No la toques —dijo Irene.
—¿Quién es?
—La niña de arriba.
—¿Cómo se llama?
Irene bajó la voz.
—La abuela decía que nunca preguntara.
Aquella noche guardé mi pequeña muñeca en el bolsillo del pijama.
No sé por qué.
Tal vez porque Irene me había pedido que no la soltara.
Tal vez porque empezaba a creerla.
A la 1:11 me despertó un golpe.
Clac.
Después otro.
Clac.
Encontré a Irene sentada frente a la casa de muñecas.
Había levantado una tabla diminuta del suelo del dormitorio que había pertenecido a Marta.
Debajo había otra muñeca.
Atada con un hilo negro.
La muñeca de mi hermana.
—¿Qué haces?
Irene se volvió.
Estaba llorando.
—Ella quiere que saque el cuarto de mamá.
—¿Quién?
La niña señaló el ático.
Por primera vez vi que la muñeca pegada al suelo había cambiado de posición.
Ahora estaba de pie.
Mirándonos.
Capítulo 2. A las 1:11
No conseguimos sacar la muñeca de Marta de debajo del suelo.
Tiré de ella.
Nada.
Parecía que el pequeño cuerpo estuviera unido a algo situado mucho más abajo que la madera.
—Para —dijo Irene—. Le haces daño.
—Es una muñeca.
Irene me miró como si hubiera dicho algo estúpido.
A la mañana siguiente, la habitación de Marta desapareció.
No escuchamos ningún derrumbe.
No hubo polvo.
Simplemente ya no existía.
Donde la noche anterior había una puerta blanca apareció un tramo de pared decorado con un cuadro que jamás había visto.
Álvaro pasó por delante sin detenerse.
—¿Dónde dormía Marta? —le pregunté.
—¿Otra vez con eso?
—Solo contéstame.
—No existe ninguna Marta.
—¿Y esta niña?
Señalé a Irene.
—Ya te dije que era…
Se quedó pensando.
—Era…
No pudo terminar.
Su expresión cambió.
Durante unos segundos pareció no reconocer a Irene.
—¿Quién es esta niña?
Irene retrocedió.
—Tío Álvaro.
—¿Por qué me llama tío?
Tuve que agarrarme al marco de una puerta.
Cada habitación borrada se llevaba algo más que ladrillos.
Se llevaba una persona.
O al menos la parte de esa persona que había vivido allí.
Saqué mi muñeca del bolsillo.
Mientras la sostenía, recordaba.
Recordaba mi habitación azul.
Recordaba a Marta.
Recordaba que Irene era su hija.
Cuando dejaba la muñeca sobre la mesa, algo empezaba a desdibujarse.
Probé durante unos segundos.
El nombre de mi escuela desapareció.
Volví a tocar la muñeca.
“Colegio Santa Ana”.
Recordé inmediatamente el patio.
El uniforme.
La mano de Marta agarrando la mía.
Guardé la figura en el bolsillo.
No volvería a separarme de ella.
Irene me llevó hasta el despacho de la abuela.
—Hay reglas.
Dentro de un cajón encontramos una caja de latón.
En la tapa, Inés había escrito:
NO CAMBIAR LA CASA.
Dentro había once tarjetas.
La primera decía:
La casa pequeña recuerda lo que la grande intenta olvidar.
La segunda:
Ninguna habitación debe retirarse entre la 1:11 y la 1:12.
La tercera:
Quien sostenga su figura conservará memoria de sí mismo.
La cuarta:
Los niños recuerdan sin ayuda.
La quinta:
No abrir la habitación superior.
Las demás estaban vacías.
Excepto la última.
La tinta era distinta.
Más reciente.
Si Clara vuelve, dadle su muñeca. Aunque ella no sepa por qué.
Sentí frío.
—La abuela sabía que vendría.
Irene asintió.
—Te esperaba.
—¿Por qué?
La niña tardó en responder.
—Porque mamá decía que tú no eras tú.
La puerta del despacho se abrió.
Álvaro estaba detrás.
Había oído suficiente.
—Se acabó.
Cogió la casa de muñecas.
—¿Qué haces?
—Sacarla de aquí.
—¡No!
Me interpuse.
—Clara, esto está volviéndote loca.
—Han desaparecido dos habitaciones.
—Nunca existieron.
—Precisamente.
Álvaro sostuvo la maqueta con ambas manos.
—Voy a vender la casa. Cuanto antes terminemos con todo esto, mejor.
—La abuela dejó instrucciones.
—La abuela pasó sus últimos años hablando con gente muerta.
Irene se levantó.
—También hablaba con mamá.
Álvaro perdió la paciencia.
—¡Tu madre está muerta!
Irene empezó a llorar.
Él pareció arrepentirse de inmediato.
—Perdona.
Entonces ocurrió algo extraño.
Álvaro intentó atravesar la pequeña puerta que llevaba a la escalera de servicio.
Se detuvo.
No había nada visible delante de él.
Pero no podía avanzar.
Extendió una mano.
Sus dedos chocaron contra algo invisible.
—¿Qué demonios…?
Yo conocía aquella escalera.
Subía a una trampilla.
Durante mi infancia nos habían prohibido usarla.
—Arriba está el ático —dijo Irene.
Álvaro palideció.
—Esta casa no tiene ático.
—Tú no puedes entrar —respondió la niña.
Álvaro volvió a intentarlo.
Algo lo rechazó.
Yo, en cambio, subí sin dificultad.
Había doce escalones.
Luego una puerta que no recordaba.
La abrí.
Detrás no había una habitación.
Solo una pared.
Pero escuché una voz.
Una mujer.
—Clara.
Me quedé helada.
—¿Marta?
Un golpe llegó desde detrás de los ladrillos.
—Clara, no dejes que abran la habitación.
—¿Dónde estás?
—No soy yo la que está encerrada.
Otro golpe.
Más cerca.
—Eres tú.
Retrocedí.
En ese momento Irene gritó desde abajo.
Bajé corriendo.
Álvaro estaba mirando la casa de muñecas.
Había encontrado la muñeca enterrada de Marta.
Y por primera vez desde que desapareció la habitación, su rostro mostraba reconocimiento.
—Marta —susurró.
Levantó la figura.
Los recuerdos regresaron a sus ojos.
Nuestra hermana.
Su desaparición.
Irene.
Todo.
Álvaro empezó a llorar.
—Dios mío.
Se arrodilló ante su sobrina.
—Perdóname.
Irene lo abrazó.
Durante unos minutos pensé que aquello lo había arreglado.
Me equivoqué.
Álvaro miró la muñeca.
Después miró el ático de la maqueta.
—Si una habitación puede desaparecer —dijo—, quizá también pueda regresar.
—No sabemos cómo.
—Marta está dentro.
—O algo quiere que pensemos eso.
Álvaro ya no escuchaba.
Por primera vez vi en sus ojos algo más peligroso que el miedo.
Esperanza.
Capítulo 3. La niña que faltaba en las fotos
Pasamos la tarde buscando una manera de devolver la habitación de Marta.
Álvaro quería probar cualquier cosa.
Yo quería destruir la maqueta.
—Si la quemamos, se acaba.
—¿Y si Marta está atrapada ahí dentro?
—¿Y si quemarla la libera?
—¿Y si la matas?
No teníamos respuesta.
Encontré otro álbum de fotografías en el dormitorio de la abuela.
Esta vez miré los espacios vacíos con atención.
En algunas imágenes había un hueco entre Álvaro y yo.
En otras, el espacio estaba a mi lado.
Pero una fotografía era diferente.
Cuatro niños aparecían frente a la casa.
Álvaro.
Marta.
Una niña que parecía tener ocho años.
Y yo.
O alguien idéntica a mí.
La cara de la tercera niña estaba arañada.
En el reverso, Inés había escrito una fecha.
Debajo:
Álvaro, Marta, Clara y C.
Se me cerró el estómago.
—Álvaro.
Mi hermano estudió la imagen.
—No recuerdo a esa niña.
—Se parece a mí.
—Puede ser una prima.
—¿Qué prima?
No supo responder.
Irene apareció detrás.
Al ver la fotografía dijo:
—Esa es la niña de arriba.
Señaló la figura arañada.
Corrimos hacia la maqueta.
La muñeca pegada al suelo del ático vestía exactamente igual.
—¿Por qué se parece a mí?
Irene me observó con una expresión triste.
—Porque se llama Clara.
No dije nada.
—¿Quién te dijo eso?
—La abuela.
Álvaro comenzó a negar con la cabeza.
—No.
Irene señaló mi muñeca.
—La tuya no llevaba ese vestido antes.
Miré la tela amarilla.
Era de Marta.
—La abuela cambiaba su ropa —continuó Irene—. Decía que necesitabas cosas que pertenecieran a gente que te recordara.
Sentí náuseas.
Busqué las tarjetas de Inés.
Volví a leerlas.
“Quien sostenga su figura conservará memoria de sí mismo.”
¿Por qué tendría que conservar memoria de mí misma?
Recordé algo de la mañana anterior.
Cuando dejé la muñeca, había empezado a olvidar mi escuela.
No solo los demás podían olvidarme.
Yo podía olvidarme.
Álvaro tenía la muñeca de Marta entre las manos.
Por eso ahora recordaba.
—Tenemos que abrir el ático —dijo.
—La regla dice que no.
—Las reglas de la abuela mantuvieron a Marta desaparecida seis años.
—Quizá la mantuvieron viva.
—No sabes eso.
—Tú tampoco.
Irene se tapó los oídos.
—No discutáis.
La miré.
—¿Tu madre te habló alguna vez de mí?
Irene tardó demasiado.
—Decía que tenía una hermana.
—Yo.
—Decía que tenía dos.
El silencio fue inmediato.
—¿Cómo se llamaba la otra?
—Clara.
Álvaro se levantó bruscamente.
—Basta.
—Eso decía mamá —insistió Irene—. “La primera Clara y la Clara que quedó”.
Sentí que el suelo se movía.
La noche llegó antes de que encontráramos otra explicación.
A la 1:05 escondí la casa de muñecas en el armario del despacho.
A la 1:08 Álvaro abrió el armario.
—No.
—Voy a devolver a Marta.
—No sabes cómo.
—La voz del ático me lo ha dicho.
—¿Qué voz?
Me miró.
—Dice que si quitamos la habitación correcta, todas las demás volverán.
Irene apareció detrás de él.
Estaba pálida.
—También me habla.
—¿Qué te dice?
—Que puedo recuperar a mamá.
Me arrodillé.
—Escúchame. No sabemos quién habla.
—Dice cosas que solo mamá sabía.
—Puede leer tus recuerdos.
—Ha dicho que tú no eres mi tía.
Aquello me dolió de una forma absurda.
—Irene…
El reloj marcó 1:10.
Álvaro me empujó hacia el pasillo.
—Lo siento.
Antes de comprenderlo, me encerró en el antiguo dormitorio de la abuela.
La llave giró desde fuera.
—¡Álvaro!
Golpeé la puerta.
—Solo necesitamos comprobarlo.
—¡No hagas esto!
A través de la madera escuché a Irene llorando.
—No quiero.
Álvaro le habló con voz suave.
—Tu madre puede volver.
—La tía Clara desaparecerá.
—Si ella no es realmente Clara…
Me quedé inmóvil.
—Álvaro.
Ninguna respuesta.
Entonces entendí.
El dormitorio de la abuela también existía como pieza desmontable en la maqueta.
Yo estaba dentro de una habitación que iban a borrar.
Miré el reloj de pared.
1:10:52.
—¡Irene!
1:10:56.
—¡NO QUITES EL CUARTO!
1:11.
Escuché el clic de una pieza separándose.
Las paredes temblaron.
El armario desapareció.
Luego la cama.
Después la ventana.
Miré mis manos.
Comenzaban a volverse translúcidas.
Saqué mi muñeca.
La apreté.
—Me llamo Clara Ruiz.
El suelo desapareció bajo mis pies.
—Tengo treinta y cuatro años.
La puerta se desvaneció.
—Soy la tía de Irene.
Quedé suspendida en oscuridad.
Y entonces oí una voz de mujer.
A centímetros de mi oído.
—No.
Una mano agarró la mía desde la oscuridad.
—Tú eres lo que quedó de ella.
Capítulo 4. La otra Clara
Caí sobre un suelo de madera.
No estaba en la casa.
Tampoco fuera de ella.
Me encontraba en una habitación inclinada, demasiado pequeña y demasiado grande al mismo tiempo.
El ático.
La mujer que me había sujetado era yo.
Pero tenía más edad.
Quizá cuarenta.
Quizá cincuenta.
Su pelo estaba lleno de mechones blancos. Tenía cicatrices alrededor de las muñecas.
—¿Quién eres?
La mujer sonrió con amargura.
—Clara.
Retrocedí.
—Yo soy Clara.
—Lo sé.
—No puede haber dos.
—Eso dijo Marta.
Me mostró el suelo.
Bajo varias tablas había muñecas.
Docenas.
Algunas rotas.
Otras sin rostro.
Y entre ellas, la muñeca de Marta.
—Cuando éramos niñas —dijo la mujer—, Marta y yo discutimos.
Hablaba despacio, como quien recita algo repetido durante años para no olvidarlo.
—Yo tenía nueve. Ella, once. La abuela nos había prohibido tocar la casa de madrugada. Marta quería asustarme. Sacó mi dormitorio a la 1:11.
Miré mis manos.
—Entonces tú…
—Yo desaparecí.
—Pero yo recuerdo crecer aquí.
—Porque ellos te recordaban.
Sentí que no podía respirar.
—No.
—La casa odia los huecos. Cuando alguien es borrado, quedan recuerdos sueltos. Hábitos. Fotografías incompletas. Personas que sienten que falta algo.
Se acercó.
—La casa utilizó todo eso.
—¿Para crearme?
—Para rellenar el espacio.
Negué con la cabeza.
Recordaba mi infancia.
Mis cumpleaños.
Mi primer novio.
La universidad.
Quince años lejos de Valencia.
—Mis recuerdos son reales.
—Para ti, sí.
—Entonces soy real.
La mujer no respondió.
Eso fue peor.
—¿Por qué la abuela no me dijo nada?
—Porque descubrió que, si destruía la casa, tú desaparecerías.
Miré alrededor.
—¿Entonces la protegía?
—Te protegía a ti.
Todo encajó.
Las reglas.
Mi muñeca.
La ropa de Marta.
Los objetos impregnados de recuerdos ajenos.
Inés no conservaba aquella cosa porque la venerara.
La mantenía estable porque yo dependía de ella.
—¿Y Marta?
El rostro de la otra Clara cambió.
—Cuando creció, empezó a recordar lo que había hecho.
—Desapareció hace seis años.
—Intentó sacarme.
Miró hacia una puerta diminuta.
—La casa la castigó.
Comprendí por qué su muñeca estaba bajo el suelo.
—¿Está viva?
—A medias.
La habitación tembló.
Una pared se abrió.
Al otro lado estaban Álvaro e Irene, enormes, observándonos desde fuera como si nosotros fuéramos las muñecas.
Irene había abierto el ático.
La otra Clara cruzó primero.
Cuando puse un pie fuera, el mundo recuperó su tamaño.
Álvaro retrocedió.
Nos miró a las dos.
Su rostro perdió color.
—Clara…
La mujer mayor empezó a llorar.
—Álvaro.
Él dio un paso hacia ella.
Entonces yo moví mi muñeca.
Álvaro se detuvo.
Sus ojos fueron hacia mí.
—Clara.
La otra mujer tomó su figura del ático.
La expresión de mi hermano volvió a cambiar.
—Dios mío… Clara.
Cada muñeca modificaba sus recuerdos.
Cada movimiento decidía cuál de nosotras había sido su hermana.
—Dejad de hacerlo —dijo Irene.
La verdadera Clara, si debía llamarla así, señaló mi muñeca.
—Hay que quitarla.
—No —respondí.
—Si desapareces, todas las habitaciones volverán.
—Yo también desapareceré.
—Nunca debiste existir.
Aquella frase me golpeó más que cualquier otra cosa.
Me lancé hacia la maqueta.
Ella intentó apartarme.
Forcejeamos.
Una silla diminuta cayó.
En la casa real escuchamos un estruendo en el piso inferior.
Álvaro tomó mi brazo.
Luego dudó.
Miró a la otra Clara.
—¿Cuál de vosotras es mi hermana?
—Yo —dijimos ambas.
Sus recuerdos cambiaban demasiado deprisa.
—Recuerdo enseñarte a montar en bicicleta —me dijo.
La otra Clara movió una figura.
Álvaro se llevó una mano a la cabeza.
—No. Fue a ti.
—¡Parad!
Irene gritó tan fuerte que las dos nos quedamos quietas.
Tenía lágrimas en la cara.
—Las dos sois Clara.
La mujer mayor negó con la cabeza.
—No.
—Sí.
Irene me señaló.
—Tú recuerdas a mi mamá.
Luego señaló a la otra.
—Y tú recuerdas lo que pasó antes.
La niña cogió nuestras dos muñecas.
—Una tiene la vida.
Miró la mía.
—La otra tiene el principio.
Miró la figura del ático.
—Si quito una, pierdo algo.
—¿Qué vas a hacer? —pregunté.
Irene colocó ambas muñecas dentro de la misma habitación.
La casa entera crujió.
Las paredes reales vibraron.
Todas las puertas se abrieron de golpe.
Arriba apareció un pasillo que había desaparecido hacía décadas.
Al fondo se encontraba una puerta.
Marta estaba detrás.
Viva.
Más vieja.
Débil.
Pero viva.
—Irene —susurró.
La niña corrió.
—¡Mamá!
Marta cayó de rodillas y abrazó a su hija.
Yo miré a la otra Clara.
Ella miró a Marta.
Por un instante volvieron a ser dos niñas después de una pelea.
—Lo siento —dijo Marta.
La otra Clara cerró los ojos.
—Lo sé.
Irene regresó a la casa de muñecas.
Tomó la habitación del ático.
—No —dijo Álvaro—. Las reglas…
—La abuela dijo que no había que abrirla.
Irene sacó una caja de cerillas del cajón.
—No dijo que no pudiéramos quemarla.
Encendió una.
Y dejó caer la llama.
Capítulo 5. La habitación nueva
El ático ardió sin quemar el resto de la maqueta.
Las llamas fueron azules.
No produjeron humo.
La otra Clara empezó a desvanecerse.
—¡No! —grité.
Intenté alcanzarla.
Ella me sujetó la mano.
Por un segundo nuestros dedos se superpusieron.
Vi recuerdos que no eran míos.
Marta llorando a los once años.
Álvaro escondiendo caramelos bajo la cama.
La abuela Inés gritando cuando descubrió la habitación desaparecida.
Décadas de oscuridad.
Luego ella vio los míos.
Mi primer día en la universidad.
El nacimiento de Irene.
La última llamada de Marta antes de desaparecer.
La vida que había continuado en su lugar.
—No eras falsa —susurró.
—Tú tampoco.
Sonrió.
Y desapareció.
Pero yo no sentí que se hubiera ido.
Sentí que algo había entrado en mí.
No una persona completa.
Un comienzo.
Cuando las llamas se apagaron, la casa real recuperó sus habitaciones.
Mi dormitorio azul volvió a existir.
El cuarto de Marta reapareció con sus muebles cubiertos de polvo.
El ático surgió sobre la tercera planta.
Esta vez Álvaro pudo subir.
Dentro solo encontramos tablas viejas y una caja vacía.
Marta pasó tres semanas en el hospital.
Los médicos no pudieron explicar dónde había estado durante seis años.
Para ella habían sido meses.
Para nosotros, años.
Su memoria tampoco volvió completa.
Recordaba haber borrado a una niña llamada Clara.
Recordaba haber crecido con otra.
Pero a veces me miraba y no sabía cuál de las dos estaba viendo.
Álvaro estaba todavía peor.
Recordaba tres hermanas.
Luego dos.
Luego aseguraba que algunas Navidades había dos Claras sentadas a la mesa.
Dejamos de corregirlo.
La cuarta parte de la herencia quedó a nombre de Marta.
Eso era lo que la abuela había intentado conservar.
No dinero.
Un lugar.
Vendimos la villa varios meses después.
Álvaro se quedó en Valencia.
Marta necesitaba una recuperación larga y decidió vivir cerca de él.
Irene, sin embargo, quiso venirse conmigo.
Su madre estuvo de acuerdo.
—Durante un tiempo —dijo Marta—. Hasta que pueda volver a ser su madre de verdad.
—Nunca dejaste de serlo.
Ella sonrió.
—Tú tampoco dejaste de ser algo para ella.
No dijo “tía”.
Quizá porque ya ninguna palabra servía del todo.
Alquilé un piso pequeño en las afueras de Madrid.
Dos dormitorios.
Un salón.
Una cocina estrecha.
Nada antiguo.
Nada heredado.
Nada con habitaciones secretas.
La casa de muñecas había quedado reducida a cenizas.
Yo misma vi a Álvaro meter los restos en una bolsa.
Yo misma la arrojé a un contenedor.
Durante meses dormí bien.
Hasta una noche de noviembre.
Irene apareció junto a mi cama.
—Clara.
Nunca me llamaba tía cuando tenía miedo.
—¿Qué pasa?
—Hay una puerta nueva.
Me incorporé.
—¿Dónde?
—En el pasillo.
Fui con ella.
No había ninguna puerta.
Solo una pared blanca entre mi dormitorio y el baño.
—No veo nada.
Irene miró el reloj.
1:10.
—Todavía no.
Sentí frío.
—¿Qué quieres decir?
El reloj cambió.
1:11.
Una línea apareció en la pared.
Después otra.
Un rectángulo.
Una manilla.
Ante nosotros surgió una puerta estrecha.
Irene me agarró la mano.
—¿Por qué nuestro piso tiene una habitación que solo aparece a la 1:11?
No respondí.
Algo hizo clic en el salón.
Clac.
Conocía ese sonido.
Corrí.
Sobre la mesa estaba la casa de muñecas.
Intacta.
Cada ventana.
Cada grieta.
Cada mueble.
Como si nunca hubiese ardido.
—No —susurré.
Irene se quedó detrás de mí.
Había algo diferente.
En un lateral del modelo aparecía una habitación nueva.
Correspondía exactamente a la puerta que acababa de surgir en nuestro pasillo.
Me arrodillé.
Dentro no había muebles.
Solo una trampilla.
Irene no quiso acercarse.
Abrí el pequeño suelo.
Debajo había una muñeca.
Un hombre.
Camisa azul.
Pelo oscuro.
Álvaro.
Estaba atado con hilo negro.
—Clara —dijo Irene.
Mi teléfono comenzó a sonar.
Miré la pantalla.
Álvaro.
Contesté.
—¿Álvaro?
Durante varios segundos solo escuché su respiración.
—¿Hola?
—Perdone —dijo finalmente—. He encontrado este número entre las cosas de mi abuela.
La sangre se me heló.
—Álvaro, soy yo.
—¿Quién?
Apreté mi muñeca.
Seguía en mi bolsillo.
Siempre la llevaba conmigo.
—Clara.
Silencio.
Entonces mi hermano habló con una voz que no había oído desde que éramos niños.
—Clara, ¿quién eres? Mi hermana murió cuando éramos niños.