EL POZO DE BARRO

EL POZO DE BARRO

## Chapter 1: Las 5:36

El sol pegaba como un martillo en la nuca, y yo iba silbando para que las ovejas no se durmieran de pie. Esas bestias tontas, que llevan toda la vida siguiéndome, y todavía se distraen con una lagartija. Las conté como siempre: cuarenta y tres. Cuarenta y tres cabezas grises moviéndose entre el trigo seco, el mismo ritmo de los últimos cinco años, desde que el pueblo se vació como una botella de vino tirada en la cuneta.

La radio vieja, esa que me regaló Lucía antes de irse con su madre, empezó a sonar a estática. La golpeé contra la palma de la mano, como siempre. “Coño, aparato,” le dije, “ya no te queda ni un año de vida.” Pero la estática no se iba. Era un zumbido raro, como de abeja dentro de una botella, que subía y bajaba con el viento.

Eran las 5:35 de la tarde, porque llevo el reloj de mi padre, ese que da la hora en punto con una campanada floja, como si ya estuviera cansado. Y yo, sin darme cuenta, había llegado al Pozo de Barro.

Qué nombre más tonto para un pozo. Barro. Pero la tierra aquí es así: seca por arriba, negra y pegajosa por abajo. Como la gente del pueblo, pensaba yo. Duros por fuera, pero si los aprietas, se te quedan pegados en los dedos.

El pozo está ahí desde 1498, o eso dice don Gregorio, el que era alcalde antes de desaparecer. Una piedra circular, gastada por las cuerdas y los baldes de siglos. El agujero parece un ojo negro mirando al cielo, esperando que llueva, y los bordes están llenos de grietas que parecen arrugas viejas. Me paré al lado, porque siempre me paro. Es costumbre. Como santiguarse al pasar por la iglesia, aunque la iglesia ya no tenga cura ni misa.

“Vamos, borregas,” dije, y mi voz salió seca, rajada.

Entonces la radio dejó de sonar a estática. Y oí mi propia voz.

“Andrés…”

No era el viento, que los años me han enseñado a leer como se lee un libro. El viento del este huele a polvo y trae el sonido de las campanas de la iglesia de al lado, que ya no tocan. El viento del oeste huele a estiércol y a tomillo. Esto no era viento.

“Andrés…”

Era mi voz, pero más profunda. Como si yo hablara desde dentro de una tinaja. Venía de abajo. Del pozo.

Miré el reloj. Las cinco y treinta y seis.

“Qué viejo estoy,” me dije en voz alta, para oírme a mí mismo, para asegurarme de que seguía siendo yo el que hablaba. “Ya me están dando los ardores.”

Pero el perro, ese bastardo que llevo conmigo desde cachorro y que se llama Pellejo porque tiene más cicatrices que lana, se puso tieso como un palo. Las orejas hacia adelante, la cola entre las piernas. Y empezó a ladrar.

No ladraba como cuando ve un zorro. No ladraba como cuando oye el tractor de los vecinos, que ya no hay vecinos. Ladraba como si estuviera viendo a su propia madre muerta.

Se acercó al borde del pozo, asomó el hocico, y pegó un grito que me heló la sangre. Luego saltó hacia atrás como si le hubieran quemado la nariz, y se quedó temblando, con las patas dobladas, sin quitarle los ojos al agujero.

“Pellejo,” le dije, y mi voz temblaba. “Pellejo, ven aquí.”

El perro no vino. Se quedó allí, mirando al pozo, con los ojos amarillos bien abiertos, y se echó a gemir. Un gemido bajito, como de perro herido, ese que solo he oído cuando uno de mis borregos se rompe una pata y tengo que…

No quise terminarlo.

Solté el cayado y me acerqué. El pozo olía a tierra mojada, a raíces podridas, a algo que no había olido en cinco años. Saqué la linterna del bolsillo, la que uso para buscar ovejas extraviadas, y la encendí.

El haz de luz bajó lentamente. La piedra húmeda. Las manchas verdes de musgo. Más abajo, la oscuridad se tragaba la luz como si la estuviera bebiendo.

No vi nada. Solo barro negro, brillante, como un espejo sucio.

Pero cuando apagué la linterna, en el silencio que dejó el perro, oí algo.

Pasos.

Casos. El ruido de pezuñas en piedra. Mi rebaño.

Abajo.

“Las ovejas están aquí,” susurré, y no supe por qué susurraba.

Miré a mi alrededor. Las cuarenta y tres ovejas estaban pastando tranquilas, a veinte metros, mordisqueando el trigo seco como si nada. Las conté rápido. Cuarenta y dos.

Faltaba una.

Espera, conté de nuevo. Cuarenta y dos. Sí. Cuarenta y dos.

Una oveja menos.

Busqué en la dirección del viento, en los surcos, en las sombras alargadas del atardecer. Ninguna mancha blanca. Ningún balido.

Entonces vi las huellas. Pezuñas marcadas en la tierra seca, perfectas, como si alguien las hubiera grabado con un cuchillo. Iban rectas. Derecho al pozo.

Llegaban al borde y se acababan.

No había huellas de vuelta.

“Pellejo,” llamé otra vez. El perro no se movió. Solo miraba el agujero y lloraba bajito, como un niño que no sabe pedir ayuda.

Me arrodillé al borde. La piedra estaba caliente, pero al tocar el interior sentí frío, un frío que no era de la tarde, un frío que subía de dentro, de las entrañas de la tierra. Apoyé las manos en el borde y miré hacia abajo.

La oscuridad se movía. No era imaginación. Se movía como si respirara.

Y entonces, en el fondo, en la negrura más negra, vi dos puntos de luz. Como reflejos. Como ojos.

No, pensé. Es el agua. Es el barro brillando.

Pero el barro no tiene forma de cara.

El perro aulló.

El reloj dio las seis.

Me levanté tan rápido que casi me caigo hacia atrás. Las ovejas seguían pastando. La radio seguía en silencio. El sol se estaba poniendo rojo, como sangre seca.

“Mañana,” dije en voz alta, y mi voz sonó falsa, como si no fuera yo. “Mañana vuelvo. Con una soga. Y un fusil.”

Pero sabía que no iba a traer ni soga ni fusil. Porque el miedo no viene de lo que ves. Viene de lo que sabes que está ahí, esperando, y decides no ver.

Esa noche, cuando llegué a mi casa, conté las ovejas de nuevo. Cuarenta y dos. La que faltaba era la más vieja, la que tenía una mancha negra en la cara, la que siempre iba primera, la que me seguía como un perro. Desapareció. Como si nunca hubiera existido.

Me senté en la puerta, viendo las estrellas, y me pregunté cuánto tiempo podía uno hacerse el tonto. Porque yo sé que el pozo no es un pozo. He vivido aquí toda mi vida, he visto a cuarenta y siete personas irse sin decir adiós, y siempre les creí. Se fueron por el dinero, me decía. Se fueron por los hijos.

Pero esta noche, oyendo el silencio del pueblo, el silencio que solo se rompe cuando el viento silba entre las casas vacías, supe la verdad. No se fueron. Se quedaron. Todos se quedaron.

Y yo soy el único que no lo sabe todavía.

Al día siguiente, al amanecer, fui al corral. Conté las ovejas. Cuarenta y dos. Estaban todas, menos la vieja de la mancha.

Pero en la tierra, alrededor del pozo, había una cosa que no había visto la noche anterior.

Huellas. Huellas de pies humanos. Que iban del pozo a mi casa.

Y volvían.

## Chapter 2: La Voz que se Acerca

El segundo día amaneció con un cielo blanco, como si alguien hubiera lavado el azul y lo hubiera tendido a secar. Las ovejas no querían salir. Se apiñaban en el corral como si tuvieran miedo de algo que yo no podía ver. Tuve que usar el cayado para sacarlas, y eso que normalmente salen solas, por costumbre, como las viejas que van a misa sin saber qué día es.

No comí nada en todo el día. No tenía hambre. Tenía una cosa en el estómago que no era hambre ni era miedo, era como cuando te bebes un vaso de agua muy fría y sientes que el frío te baja por el pecho y se queda ahí, esperando.

Pasé la mañana arreglando la cerca del huerto de los González, que se fueron hace tres años y dejaron los tomates secos, las plantas muertas y el pozo de riego vacío. No porque necesitara arreglar la cerca. Necesitaba hacer algo. Necesitaba mantener las manos ocupadas para no pensar.

Pero la cabeza piensa sola, aunque no quieras. Y yo pensaba en el pozo. Pensaba en la oveja perdida. Pensaba en las huellas que iban del pozo a mi casa. Y sobre todo pensaba en el reloj.

Las cinco y treinta y seis.

A las tres de la tarde, ya estaba sudando frío. A las cuatro, me senté en la puerta de mi casa, mirando el camino que lleva al pozo, ese camino de tierra seca y cardos que he recorrido más veces que dedos tengo. El sol se estaba poniendo, y el viento empezó a soplar del este, trayendo el olor de la tierra quemada.

A las cinco, me levanté. A las cinco y diez, estaba caminando hacia el pozo. Las ovejas se quedaron atrás, balando bajito, sin seguirme. Ni siquiera Pellejo quiso venir. Se sentó en la puerta y me miró con esos ojos amarillos, y no se movió ni para ladrar.

“Vale, cagón,” le dije. “Quédate con las ovejas. Yo voy solo.”

Pero no iba solo. Algo iba conmigo. Lo sentía en la nuca. Como cuando alguien te mira por detrás y no te atreves a girarte.

El pozo apareció entre los trigales, redondo y oscuro, más negro que la noche que se venía. Me paré a diez metros, como si hubiera una raya invisible en el suelo que no pudiera cruzar. Olía a barro, a agua estancada, a algo que había estado muerto mucho tiempo.

Miré el reloj. Las cinco y media.

Me quedé quieto, escuchando. Solo el viento. Solo los grillos empezando a cantar. Solo mi respiración, que sonaba más fuerte de lo normal, como si la tierra se estuviera tragando todos los otros sonidos.

Y entonces mi teléfono, ese viejo que solo uso para ver la hora porque no hay señal aquí ni para pedir socorro, se encendió solo. La pantalla brilló. Y en la pantalla, como si alguien hubiera escrito un mensaje, aparecieron números.

5:36.

No había mensaje. Solo los números. Parpadeaban, como un ojo.

“Andrés…”

La voz no vino de abajo. Vino de atrás. De mi nuca. Tan cerca que sentí el aliento en la oreja.

Me giré tan rápido que casi me caí. No había nadie. Solo la tierra seca y el viento y el sol sangrando en el horizonte.

Pero cuando me giré, vi a Pellejo.

El perro estaba a mis pies. No sé cuándo llegó. No sé cómo llegó. Pero estaba ahí, sentado, mirando al pozo con la cabeza ladeada. Y estaba ladrando.

No ladraba al pozo. Ladraba a algo. A alguien.

Ladraba a mí.

“Pellejo, soy yo,” le dije. “Soy Andrés.”

El perro no me miró. No me reconoció. Me miró a mí y siguió ladrando, con los dientes enseñados, como si yo fuera un extraño.

El pelo se me puso de punta. Los brazos se me llenaron de gallinas. Y no sé por qué, pero empecé a caminar hacia el pozo, lentamente, como si alguien tirara de mí desde el fondo.

Llegué al borde. Apoyé las manos en la piedra fría. Miré hacia abajo.

La linterna estaba en el bolsillo, pero no la saqué. En lugar de eso, me asomé. Solo un poco. Solo para ver.

El barro estaba quieto, negro, liso como un espejo. Y en el barro, como si alguien estuviera mirando desde abajo, vi algo.

No vi una cara. No vi ojos. Vi una forma. Una forma de cabeza. Una forma de hombros. Una forma que se movía lentamente, como si estuviera nadando en el barro.

Y la forma tenía mi ropa. La camisa vieja de cuadros. El chaleco de cuero. El sombrero de paja que ya no uso porque está deshecho.

“Estoy loco,” dije en voz alta. “Estoy más loco que una cabra. Llevo cinco años solo, y se me ha ido la cabeza.”

Pero no estaba loco. Lo sabía. Lo sabía porque el pozo olía a mí. Olía a mi sudor, a mi tabaco, a mi piel. Olía a mi casa.

Me alejé del borde, tambaleándome, y empecé a andar. No corrí. Correr es de cobardes. Anduve rápido, sin mirar atrás, hasta que llegué a mi casa.

Pellejo me siguió, pero a distancia. No quería acercarse. Se quedó en la puerta, mirándome con desconfianza, como si yo fuera un lobo.

Entré, cerré la puerta con llave, y me quedé en la cocina, sin encender la luz. Me senté en la silla, la misma donde mi mujer se sentaba a coser cuando vivía, y me miré las manos.

Estaban llenas de barro.

Barro negro. Barro del pozo.

Y no me había asomado. No había tocado el borde. No había tocado nada.

Las lavé con agua del grifo, y el agua salió negra, y el desagüe se atascó, y el agua se quedó ahí, estancada, mirándome.

Me levanté y fui al baño. Encendí la luz, esa bombilla vieja que parpadea tres veces antes de prender, y me miré al espejo.

El espejo estaba empañado, como si alguien hubiera respirado sobre él.

Lo limpié con la manga.

Y vi mis ojos.

Por un segundo. Solo por un segundo. Mis ojos no eran grises. Eran marrones. Marrón oscuro. Color de barro. Color de pozo.

Parpadeé. Volvieron a ser grises.

Pero ya era demasiado tarde. Ya lo había visto.

Y cuando bajé la mirada, vi que el agua del grifo, la que había estado corriendo, se había parado. El desagüe ya no gorgoteaba. Se había quedado en silencio.

Y desde el desagüe, muy bajito, como una burbuja que se rompe, oí una voz.

“Andrés…”

La voz ya no estaba a veinte metros. La voz estaba en la cocina. En mi oído. En mi cabeza.

Y al día siguiente, cuando miré al espejo por la mañana, mis ojos eran marrones. De barro.

Y no volvieron a cambiar.

## Chapter 3: El Otro Andrés

El tercer día no salí de la cama. Las ovejas balaban en el corral, muertas de hambre, y yo no me movía. Miraba al techo. Miraba las telarañas, esas que no limpio desde que se fue Lucía, y pensaba en el pozo.

Pensaba en lo que me había visto en el espejo. Pensaba en mi voz, llamándome desde el desagüe. Y pensaba en las cuarenta y siete personas que se fueron de este pueblo y nunca llamaron, nunca escribieron, nunca volvieron.

Don Gregorio fue el último. Se fue en 1998, dijo que a ver a su hermana a Madrid. Pero su hermana llevaba muerta diez años. Yo lo sabía. Todo el mundo lo sabía. Y nadie dijo nada. Porque era más fácil pensar que se había vuelto loco, que se había perdido, que se había ido a otra parte a empezar de nuevo.

Pero los viejos no empiezan de nuevo. Los viejos se quedan. Como yo.

A las dos de la tarde, me levanté. Fui al corral y abrí la puerta. Las ovejas salieron corriendo, todas, sin mirarme, como si yo fuera un fantasma. Pellejo pasó a mi lado sin verme, con las orejas gachas, y se fue con las ovejas.

Me quedé solo. En el pueblo. En el silencio. Con el pozo llamándome.

Y me fui al pozo.

No sé por qué. No sé cómo. Pero mis piernas me llevaron. Caminé por el camino de tierra seca, con los cardos pinchándome las botas, y no sentía nada. No sentía el dolor. No sentía el sol. No sentía el miedo.

Cuando llegué, eran las cinco y media. El reloj de mi padre daba la hora, flojo, como siempre. Y el pozo estaba ahí, esperando.

Me arrodillé al borde. Saqué la linterna. La más potente, la que uso para buscar ovejas cuando se pierden en la noche. La encendí y apunté hacia abajo.

El haz de luz cortó la oscuridad como un cuchillo.

Y vi todo.

No vi agua. No vi barro. Vi una habitación. Una habitación de piedra, redonda, con paredes húmedas y un suelo de tierra negra. Y en la habitación, sentado en una piedra, con las piernas cruzadas, había un hombre.

Un hombre que se parecía a mí.

Un hombre que llevaba mi ropa. La ropa que tenía hace veinte años, cuando Lucía era pequeña y mi mujer vivía y yo trabajaba en el campo con la camisa azul y el sombrero de paja. La misma ropa que perdí en una tormenta, la misma que desapareció de la cuerda de tender una noche sin viento.

El hombre levantó la cabeza y me miró.

Era mi cara. Mi misma cara. Las mismas arrugas, el mismo pelo canoso, la misma nariz rota de cuando me dio el caballo. Pero los ojos eran de barro. Marrones. Brillantes. Como los míos en el espejo.

El hombre sonrió.

Y me hizo una señal. Con la mano. Una señal de “ven”. De “baja”. De “no tengas miedo”.

“¡No!” grité, y mi voz sonó débil, como la de un niño.

El hombre sonrió más. Y habló.

“Ya es tu turno de cuidar el pozo.”

Era mi voz. Mi misma voz. Pero más antigua, más cansada, como si hubiera estado hablando durante siglos.

Sentí que algo se rompía dentro de mí. No era el miedo. Era otra cosa. Era como si una cuerda que llevaba atada toda la vida se hubiera cortado, y yo, Andrés Molina, no estuviera en el borde del pozo, sino en el fondo, mirando hacia arriba, viendo a alguien que se parecía a mí.

“¿Quién eres?” pregunté, y la pregunta no tenía sentido. Yo sabía quién era. Pero no podía dejar de preguntar.

El hombre de abajo se levantó. Lentamente. Se acercó al haz de luz. Y puso su cara, mi cara, justo debajo de la linterna.

“Yo soy tú, Andrés. Soy el que ha estado esperando. Soy el que cuida. Soy el que se queda. Y tú vas a ser yo.”

No pude evitar sonreír. No sé por qué. No quería sonreír. Pero la sonrisa salió sola, como un reflejo, como un escalofrío, como cuando te ríes en un entierro y no sabes por qué.

Sonreí.

Y la sonrisa se quedó en mi cara. No se iba. Mis mejillas estaban fijas. Mis labios estaban duros. Mi cara estaba hecha de barro.

“¡No!” grité otra vez. “¡No sonrías!”

Pero ya era tarde. Ya había sonreído.

El hombre del pozo se rio. Una risa baja, de piedra, de tierra, de siglos.

“Bienvenido, cuidador,” dijo. Y se desvaneció en la oscuridad.

Apagué la linterna. El pueblo estaba en silencio. El sol se había puesto. Las ovejas habían vuelto solas al corral. Y Pellejo, el perro, estaba en mi puerta, ladrando.

No ladraba al pozo.

Ladraba a la casa vacía.

## Chapter 4: El Intercambio

Cuando llegué a casa, el perro no me reconoció. Me ladró como si yo fuera un extraño, y tuve que cerrar la puerta para que no me mordiera. Me senté en la cocina, frente a la mesa de madera, y me vi las manos.

Las manos no eran mías. Eran las de otro hombre. Un hombre que había trabajado con barro, no con lana. Un hombre que había vivido en la oscuridad.

Y entonces oí pasos.

Pasos en el camino. Pasos ligeros. Pasos de alguien joven.

Me levanté, fui a la ventana, y la vi.

Lucía.

Era ella. Mi nieta. La misma chica que se fue hace diez años, la misma que me prometió que volvería, la misma que yo había visto crecer entre las ovejas y los trigales.

Pero Lucía no me vio. Caminaba hacia la casa, mirando el pueblo vacío, con la cara llena de sorpresa y de pena. Llevaba una maleta pequeña, la misma que se llevó cuando se fue, y un pañuelo rojo en el cuello.

“¡Lucía!” grité. Y mi voz sonó extraña. Sonó como la del hombre del pozo.

Ella levantó la cabeza y me miró. Sonrió. Pero su sonrisa se congeló cuando me acerqué.

“¿Abuelo?” dijo. “¿Eres tú?”

“Claro que soy yo,” mentí. “¿Quién iba a ser?”

Me abrazó. Su cuerpo era cálido. Olía a ciudad, a perfume, a cosas que no había olido en cinco años.

“¿Qué haces aquí?” le pregunté. “¿Por qué has vuelto?”

“Quería verte,” dijo. “He tenido un sueño. Un sueño raro. Soñé que estabas en el pozo. Soñé que te llamaban. Soñé que no eras tú.”

Mi corazón, o lo que quedaba de él, se paró.

“Los sueños son tonterías,” dije. “Vamos a casa. Te haré un café. Tengo leche, tengo pan, tengo…”

No tenía nada. No había ido a comprar en días. La cocina estaba vacía, como yo.

Lucía me miró. Me miró a los ojos. Y su cara cambió.

“¿Dónde tienes el tatuaje?” preguntó.

“¿El qué?”

“El tatuaje. El del brazo. El que te hiciste conmigo, cuando tenía nueve años. Un sol. Un sol con una oveja dentro.”

Miré mi brazo. No había tatuaje. Solo piel morena y arrugada. Solo barro.

“No lo sé,” mentí otra vez. “Se me ha borrado. Con los años.”

Lucía se alejó de mí. Un paso. Dos. Se puso pálida.

“Tú no eres mi abuelo,” dijo.

“No, soy yo,” insistí, pero mi voz ya no era la mía. Era la voz del pozo. La voz del barro.

Lucía salió corriendo. Corrió hacia el pozo. Y yo no pude detenerla.

La seguí, o más bien, algo me siguió. Mis piernas se movían solas, como si otro hombre llevara mi cuerpo. Llegamos al pozo al mismo tiempo. Lucía se asomó al borde, y yo, el otro yo, el yo de barro, me quedé detrás de ella, mirándola.

“¡Abuelo!” gritó Lucía. “¡Abuelo, estás tú! ¡Estás abajo!”

Y desde el fondo, desde la oscuridad, salió una voz. Mi voz. La de verdad.

“¡Lucía! ¡No le mires a los ojos! ¡No sonrías!”

Lucía giró la cabeza y me miró. Me miró a mí, al falso Andrés, al que estaba detrás de ella.

“¿Tú…?” dijo. “¿Tú no eres él?”

Sonreí. Porque no podía evitarlo. Mi cara se movió sola.

“No, Lucía,” dije, y mi voz era barro, era piedra, era pozo. “Tu abuelo está cansado. Ahora me toca a mí cuidarte.”

Lucía dio un paso atrás. Su pie resbaló en el borde. Cayó al suelo. Y yo, el falso Andrés, el cuidador del pozo, me arrodillé a su lado.

“No tengas miedo,” le dije. “No voy a hacerte daño. Solo quiero que me mires.”

Lucía cerró los ojos. Los apretó tanto que las lágrimas le salían por los costados.

“¡No!” gritó. “¡No te miro! ¡Eres un monstruo!”

“No soy un monstruo,” dije. “Soy un hombre. Un hombre que ha esperado quinientos años para descansar.”

Y entonces, desde el fondo del pozo, mi verdadera voz, la de Andrés Molina, gritó:

“¡Lucía! ¡Las campanas! ¡Las campanas de las ovejas! ¡Búscalas!”

Lucía abrió los ojos. Me miró. Y yo, el otro Andrés, sentí algo que no había sentido en siglos.

Miedo.

## Chapter 5: El Último Turno

Lucía se levantó y corrió hacia el pueblo. Yo, el falso Andrés, me quedé en el borde del pozo, mirando cómo se alejaba. Mis piernas no se movían. Mi cuerpo no respondía. Algo me retenía aquí, pegado a la piedra, como si el pozo mismo me estuviera abrazando.

“¿Qué estás haciendo, Andrés?” susurré. “Tú eres yo ahora. Tú eres el cuidador. Tienes que vigilar.”

Pero no era yo. Era el otro. El que llevaba quinientos años abajo. El que había visto a cuarenta y siete hombres bajar y no volver.

Me asomé al pozo. La oscuridad se movía. Y en la oscuridad, vi a Andrés de verdad.

Estaba arrodillado en el barro. No lloraba. No gritaba. Estaba quieto, con las manos en la tierra, escuchando.

“¿Qué buscas?” pregunté.

Andrés levantó la cabeza y me miró. Sus ojos, los ojos grises, los ojos de verdad, brillaban en la oscuridad.

“Las campanas,” dijo. “Las campanas de los que vinieron antes.”

Y empezó a cavar.

Con las manos desnudas, Andrés cavó en el barro. Primero encontró huesos. Huesos de oveja. Luego encontró lana. Lana podrida, lana de siglos. Y luego, una a una, fue encontrando las campanas.

Cuarenta y siete campanas de oveja. Pequeñas, de bronce, con el sonido agudo que las ovejas llevan al cuello. Cada campana era un hombre. Cada campana era un cuidador. Cada campana era alguien que había bajado y no había vuelto a subir.

Andrés las juntó todas. Las puso en un montón. Y empezó a hacerlas sonar.

El sonido subió por el pozo como una ola. No era un sonido suave. Era un grito. Era el grito de cuarenta y siete hombres que habían estado callados durante siglos. Era el grito de mi padre. El grito del abuelo. El grito de los que vinieron antes.

El pozo tembló. La tierra tembló. Y yo, el falso Andrés, el cuidador, sentí que algo se rompía dentro de mí.

“No,” susurré. “No puedes. El pozo tiene que estar cuidado. Tiene que haber un cuidador. Siempre.”

Pero Andrés siguió sonando las campanas.

“¡Deja de hacer eso!” grité. “¡Vas a soltar lo que hay abajo! ¡Lo que no debe salir!”

Andrés levantó la cabeza y me sonrió.

“No hay nada abajo,” dijo. “Nunca hubo nada. Solo vosotros. Solo los que no supieron irse.”

Y siguió sonando.

El sonido de las campanas se extendió por el campo. Lucía lo oyó desde el pueblo y entendió. Corrió al corral, cogió una piedra grande, una de las que usaba mi mujer para sujetar la puerta, y la llevó al pozo.

“¡Lucía!” grité. “¡No lo hagas! ¡Si llenas el pozo, no podré salir! ¡No podré descansar!”

Lucía me miró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no de miedo. De rabia.

“Tú no eres mi abuelo,” dijo. “Mi abuelo nunca pidió descansar. Mi abuelo nunca se rindió.”

Y empujó la piedra.

La piedra cayó al pozo. Luego otra. Y otra. Lucía tiró piedras hasta que no pudo más. Hasta que el pozo estuvo lleno de rocas y de tierra y de polvo.

El sonido de las campanas se fue apagando. Y yo, el cuidador, sentí cómo mi cuerpo se volvía polvo. Cómo mis manos se deshacían. Cómo mi cara se caía a pedazos.

“Gracias,” susurré. Y no supe si se lo decía a ella o a él.

Y desaparecí.

Esa noche, Lucía se quedó en mi casa. Durmió en mi cama, con Pellejo a los pies, y soñó con el pozo. Soñó con su abuelo, sonriendo desde el fondo, con las campanas en las manos.

A la mañana siguiente, el pozo ya no estaba. Solo había un montón de piedras, como una tumba, en medio del trigal. Lucía se arrodilló y puso una flor. Una flor de las que crecen en el campo, secas y duras, pero bonitas.

“Descansa, abuelo,” dijo. Y volvió a casa.

Esa tarde, a las cinco y treinta y seis, Lucía estaba lavando los platos. El agua corría por el grifo, y ella silbaba una canción, la misma que yo silbaba cuando llevaba las ovejas al campo.

Y entonces oyó algo.

Un susurro.

Venía del fregadero.

“Lucía…”

Dejó de lavar. Miró el grifo. El agua seguía corriendo, pero el sonido no venía del agua. Venía del desagüe. De la oscuridad.

“Lucía… ya es tu turno…”

Se asomó al desagüe. La oscuridad se movía. Y en la oscuridad, muy abajo, en el fondo de las tuberías, había una cara.

Era su cara.

Sonriendo.

**El Pozo de Barro no era un pozo. Era todos los pozos. Era todos los desagües. Todas las aguas estancadas. Todas las oscuridades de Castilla-La Mancha.**

**Y ahora, sin cuidador, tenía hambre.**

Lucía cerró el grifo. Se secó las manos. Salió de la cocina y cerró la puerta con llave.

Y no volvió a abrirla nunca más.

**FIN**

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Related Articles